Historia
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El martirio de Santa Catalina de Alejandría
Gaudencio
Ferrari |
Foucault situó las sociedades disciplinarias en los siglos
XVII y XIX, y estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del siglo
XX. Operan mediante la organización de grandes centros de encierro. El
individuo pasa sucesivamente de un círculo cerrado a otro, cada uno con
sus propias leyes: primero la familia, después la escuela (“ya no estas
en la casa”), después el cuartel (“ya no estas en la escuela''), a
continuación la fábrica, cada cierto tiempo el hospital, y a veces la
cárcel, el centro de encierro por excelencia. La cárcel sirve como
modelo analógico: la heroína de Europa 51 exclama, cuando ve a
los obreros: «creí ver a unos condenados». Foucault ha analizado a la
perfección el proyecto ideal de los centros de encierro, especialmente
visible en las fábricas: concentrar, repartir en el espacio, ordenar en
el tiempo, componer en el espacio-tiempo una fuerza productiva cuyo
efecto debe superar la suma de las fuerzas componentes. Pero Foucault
conocía también la escasa duración de este modelo: fue el sucesor de las
sociedades de soberanía, cuyos fines y funciones eran completamente
distintos: gravar la producción más que organizarla, decidir la muerte
más que administrar la vida; la transición fue progresiva. Napoleón
parece ser quien realizó la transformación de una sociedad en otra.
Pero, también las disciplinas entraron en crisis en provecho de nuevas
fuerzas que iban produciendo lentamente, y que se precipitaron después
de la segunda guerra mundial: las sociedades disciplinarias son nuestro
pasado inmediato, lo que estamos dejando de ser.
Todos los centros de encierro atraviesan una crisis
generalizada: cárcel, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es
un (espacio) “interior” en crisis, como lo son los demás (espacios)
interiores (el escolar, el profesional, etc.). Los ministros competentes
anuncian constantemente las supuestamente necesarias reformas. Reformar
la escuela, reformar la industria, reformar el hospital, el ejército,
la cárcel; pero todos saben que, a un plazo más o menos largo, estas
instituciones están acabadas. Solamente se pretende gestionar su agonía y
mantener a la gente ocupada mientras se instalan esas nuevas fuerzas
que están llamando a nuestras puertas. Se trata de las sociedades de
control, que están sustituyendo a las disciplinarias. “Control” es el
nombre propuesto por Burroughs para designar al nuevo monstruo que
Foucault reconoció como nuestro futuro inmediato. También Paul Virilio
ha analizado continuamente las formas ultrarrápidas que adopta el
control “al aire libre” y que reemplazan a las antiguas disciplinas que
actuaban en el período de los sistemas cerrados. No cabe responsabilizar
de ellas a la producción farmacéutica, a los enclaves nucleares o a las
manipulaciones genéticas, aunque tales cosas estén destinadas a
intervenir en el nuevo proceso. No cabe comparar para decidir cuál de
los dos regímenes es más duro o más tolerable, ya que tanto las
liberaciones como las sumisiones han de ser afrontadas en cada uno de
ellos a su modo. Así, por ejemplo,